---**Un Precedente y un Silencio Obligado**
Un Precedente y un Silencio Obligado
Mi caso marcó un antes y un después en la lucha contra el racismo laboral en Colombia. Así lo titularon algunos medios nacionales. Sin embargo, detrás de esos titulares se esconde una realidad mucho más compleja, llena de resistencia, aislamiento y un silencio impuesto por un sistema racista.
Soy Jonh Jak Becerra, un hombre negro/afrocolombiano. Durante cuatro años trabajé en A.R. Los Restrepos, una empresa donde el racismo no solo era sistémico, sino también cotidiano. En ese ambiente hostil, enfrenté constantes actos de racismo anti-negro que iban desde comentarios denigrantes hasta exclusiones deliberadas. Mis quejas, presentadas ante recursos humanos y la gerencia, fueron ignoradas por completo.
En 2013 decidí actuar y presenté una denuncia ante la Fiscalía General de Colombia, amparándome en la Ley 1482, conocida como la Ley Antidiscriminación. Poco después de alzar mi voz, fui despedido. El caso, lejos de recibir la atención que merecía, fue archivado.
Sin embargo, mi lucha no terminó allí. En 2018, tras años de desgaste emocional, profesional y financiero, la Corte Constitucional de Colombia emitió la sentencia T-572-17, reconociendo el racismo que sufrí. Este fallo representó un hito importante: no solo validaba mi experiencia, sino que establecía un precedente legal crucial para combatir el racismo laboral en el país.
Pero, ¿qué vino después de esta victoria legal? Un silenciamiento sistemático. Desde finales de 2017, quedé vetado laboralmente. Mi nombre circula en listas no oficiales que bloquean mis oportunidades laborales. Las pocas veces que logré trabajar fue gracias a contratos precarios de prestación de servicios obtenidos por recomendación de alguien que tuvo la decencia de ayudarme.
La realidad es desgarradora. Una abogada me sugirió borrar mi historia de la esfera pública, argumentando que las noticias sobre mi caso son las que me condenan. Otro experto me dijo que mi "error" fue haber denunciado sin el respaldo de una organización poderosa que me defendiera. Incluso personas de mi misma comunidad afrocolombiana han mostrado indiferencia, llegando al extremo de no responder cuando he intentado contactarlas para buscar apoyo.
Aquí radica una de las contradicciones más dolorosas: la indiferencia de quienes también sufren las mismas opresiones. Como decía Martin Luther King Jr., «No me duelen los actos de la gente mala. Me duele la indiferencia de la gente buena.» Esta indiferencia se siente más aguda cuando proviene de quienes se autodenominan luchadores antirracistas, pero actúan desde un interés personal, dejando de lado a los que realmente necesitan su apoyo.
A menudo me pregunto cómo seguir adelante en un sistema diseñado para anularnos. Hay días en los que escribir me ayuda a encontrar algo de esperanza, pero también hay momentos en los que la realidad se impone con crudeza. Ver cómo algunas figuras públicas y activistas que admiraba resultan ser "vendedores de humo" es un golpe difícil de asimilar. La indiferencia es corrosiva, y lo que más duele no es el sistema opresor, sino el aislamiento al que nos sometemos como comunidad.
Mi caso no es solo un ejemplo de racismo laboral; es también un llamado urgente a reconocer que el racismo no opera únicamente desde las instituciones, sino también desde nuestras acciones —o inacciones— como sociedad.
Comentarios
Publicar un comentario